miércoles, 18 de marzo de 2009

Si hay algo humano, eso es comer, acicalarse y retozar

Cuando pensaba en el hombre prehistórico, desde niño veía a los hombres vestidos de pieles, con collares de huesos, cazando renos y elefantes lanudos, y contando historias alrededor del fuego, mientras se asaba un trozo de carne, que era mordisqueada después con fruición.

Me ha encantado el huracán que me ha provocado en esta visión el libro del asiriólogo Jean Bottéro (2002), traducido por María J. García Soler y publicado en Tusquets, "La cocina más antigua del mundo: La gastronomía en la antigua Mesopotamia". El autor, con una vida dedicada al estudio de la cultura mesopotámica, aprovecha la excusa de la traducción de tres tablillas cuneiformes en la Universidad de Yale, que contenían un compendio de 40 recetas de cocina, para regalarnos con un breve -240 páginas- y ameno recorrido por el pensamiento de una de las primeras civilizaciones históricas, allá por el cuarto milenio antes de Cristo. El refinamiento, la exquisitez en la preparación, la variedad, los tabúes... se llevan la imagen del asado de venado hasta su justo punto: las probables barbacoas en familia de que sin duda sabían disfrutar también los sumerios.

La estructura del libro es muy agradable, especialmente para los profanos: tres cortos capítulos bastan para situar al lector en la época histórica (unos cuatro milenios antes de nuestra era, en toda su enorme y difusa extensión), las fuentes utilizadas para el trabajo, y frente al mejor boceto de hombre mesopotámico que seis mil años de distancia, y los siempre escasos restos arqueológicos pueden ofrecer. Y sin más preámbulos, el viaje, cual tren de recorrido, en pequeñas etapas. Desde la concepción de la comida misma, hasta los banquetes funerarios; el fuego, los ingredientes, los tipos de cocción, ... Pequeños tramos de unas cuantas páginas, en los que, al cerrar los ojos, casi podemos oler y saborear los asados, ver el carbón vegetal apilado para alimentar el hogar, oír a los niños jugando, mientras sus abuelas sonríen y mueven los caldos.

Como muestra de la delicia que resulta su lectura, valga el capítulo dedicado a "El alimento y la comida". Los mesopotámicos, relata Bottéro, distinguían entre la alimentación "natural", entendida como la ingesta de los alimentos tal cual los presenta la naturaleza, y la "comida", en la que la acción del hombre transforma el alimento, acercándolo a sus gustos, necesidades, palatabilidad. Pero iban más allá: la elaboración del alimento era una seña de separación de la animalidad y pertenencia a la civilización. Esta visión se ilustra en uno de los fragmentos del poema de Gilgamesh, la más antigua obra literaria que trata el tema del miedo humano a la muerte. Gilgamesh, un rey semidiós sumerio, arrogante y abusón con su gente, consigue colmar la paciencia de los dioses (siempre tan sensibles), los cuales, encabezados por Marduk, envían a Enkidu, un hombre semisalvaje, capaz de vencerlo. Será éste quien a lo largo del poema se convierta en amigo, primero, y, al enfermar por ofender a los dioses - o morir según otras versiones-, impulse después la búsqueda de Gilgamesh de una respuesta al por qué de la muerte y el dolor del hombre, llevado de un intento de asegurar(se) la vida futura. Pero, ¿cómo consigue Gilgamesh la humanización de Enkidu? Gracias a una concubina sagrada, Shamhat, que cohabita repetidas veces con él, consigue apartarlo del bestialismo que practicaba, y culmina su paso a la completa humanidad gracias a las costumbres civilizadas: el baño y el perfume, la ropa y la bebida (cerveza) y comida (pan), elaboradas por el hombre.

Curioso conjunto de distintivos para un hombre: sexo, estética y gastronomía. ¿Quién no diría al menos media docena de civilizaciones cuya aristocracia no se dedique al cultivo de estos aspectos? Y si no, que les pregunten a nuestros políticos.

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